Skip to main content

Vivimos en un mundo que ha dado la espalda a Dios, en el que impera el egoísmo y la maldad. Escuchas las noticias, y los acontecimientos señalan cambios preocupantes, y no solo en nuestro país… El engaño, la soberbia, la mentira, y el abuso campan a sus anchas sin freno alguno (Romanos 1:21). Vemos tensiones a nuestro alrededor, conflictos diplomáticos, situaciones difíciles de resolver sin enfrentamiento. Las circunstancias, por lo general, son trágicas: pestes, inundaciones, accidentes… Y, en lo individual, nosotros mismos sufrimos nuestro propio pecado y el de otros. Imagino que te habrás dado cuenta que vivimos en un mundo caído. Y el hecho de ser cristiano no te libra de las consecuencias del pecado. Este es un mundo que no quiso (ni quiere) obedecer el diseño original de Dios.

Pero si eres cristiano deberías saber que, a pesar de las circunstancias, hay Uno que está al control de todo, en quien reside toda autoridad, tanto en el cielo como en la tierra, y que ha diseñado cada situación difícil o prueba con un propósito. Por eso quiero animarte, porque lo que estamos viviendo no es una desgracia o mala suerte, sino que forma parte del plan perfecto y ordenado exclusivamente para este tiempo. El cristiano debe saber que a pesar de la situación que pueda estar experimentando, goza de la garantía divina de poder sacar provecho de cada situación o prueba (Romanos 8:28). ¿Quién puede decir esto? Y esto debería cambiar nuestra visión de las situaciones adversas. De hecho, las Escrituras nos animan a ver el sufrimiento y las pruebas como una herramienta para crecer en ciertas áreas, que de otra manera no sería posible. (Romanos 5:3-5; Santiago 1:2). Los problemas no son deseables, ni llegan en “buen momento”, pero tienen su función y propósito, porque nos permiten alcanzar crecimiento y madurez espiritual.

Cuando las pruebas vienen a nuestra vida nos preguntarnos por qué tenemos que sufrir una determinada situación, pérdida, enfermedad o dificultad. Resultan momentos confusos, donde tu teología debe ser revisada y afirmada. Cuando nos preguntamos por qué un Dios bueno permite esta situación en mi vida las promesas de Dios han de pasar de ser leídas a ser creídas y experimentadas, y el resultado es que tu fe se fortalecerá. Es la hora perfecta para crecer y profundizar en lo que has entendido del Evangelio, dejar de pensar en soluciones repentinas sin fundamentos y buscar respuestas en el Autor y Consumador de nuestra fe, reconociendo que Dios nos ha transformado al ofrecernos esperanza, perdón, reconciliación y amor eterno. Es el momento ideal para recordar que toda situación o adversidad pertenece a un plan que culmina con un Jesús reinante, que ha establecido todo para su gloria y tu bien. Esto quiere decir que, si eres un hijo de Dios, no tendrás que depender nunca más de tus fuerzas, sino que dispondrás de toda su gracia para salir victorioso de la prueba.

Esta ha sido y es la realidad de millones y millones de hermanos, de toda época y lugar, a los que se les ha concedido crecer “conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior…” (Efesios 3:16) Y esto ha sido posible porque tenemos un Dios misericordioso, que no nos da lo que merecemos. Él ha mostrado misericordia, gracia y amor enviando a su Hijo al mundo para establecer Su reino, mediante el sacrificio de su propio Hijo, para perdonar nuestros pecados y hacernos parte de Su familia. Y cuando esta verdad es entendida, uno rompe en gratitud, en oración, y alabanza. Esto es lo que le ocurrió al apóstol Pedro al escribir a sus hermanos que estaban siendo probados por Dios. En su primera epístola, Pedro pretende animar a los creyentes al mostrarles las misericordias de Dios, habiendo experimentado él mismo en primera persona el cuidado amoroso de Dios, cuando fue restaurado por Jesús después de haberlo negado tres veces (Juan 21). Su experiencia trajo en él la convicción de perdón y seguridad, pero, además, otros beneficios explícitos que acompañan a la salvación.

Una salvación segura (1 Pedro 1:3)

El cristiano puede estar confiado en las promesas de Dios porque la salvación trae consigo un nuevo nacimiento, que es la obra de Dios. La salvación va unida a nuevos deseos e intereses, pero también nos proporciona una despensa llena de bendiciones, como lo es una esperanza viva. La fe no es un don que venga solo, sino que incluye todo tipo de virtudes concedidas por Dios. Y es segura porque la resurrección de Jesucristo lo confirma. Esto quiere decir que Dios Padre validó el pago de nuestros pecados, y por tanto, somos hechos hijos amados. Y dentro de esa gran despensa de privilegios que disfrutan los elegidos de Dios esta es la mejor herencia que puedes recibir.

Una herencia segura (1 Pedro 1:4)

Este nuevo nacimiento permite al creyente visualizar la realidad de la vida eterna como una herencia segura. Tan segura que Pedro no duda al describirla como “incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará”. Algo incomprensible para nosotros, pero real, por lo que en medio de la prueba miremos lo que Cristo ya ha ganado por nosotros y que, ahora, por su gracia, nos pertenece.

Una protección segura (1 Pedro 1:5)

Dios garantiza el caminar del cristiano en la tierra, al poner a su alrededor un “cerco” protector. Dios confirma la eficacia de Su poder, pero también nos exhorta a ser responsables en la manera en la que nos conducimos como hijos Suyos.  Pablo lo expresa de esta manera: “Tomad el escudo de la fe, con el cual podáis extinguir los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16). Dios nos protege, al proveernos de la fe que nos regala al hacernos nacer de nuevo, una fe que viene a ser una herramienta útil y necesaria en nuestra lucha y resistencia contra el maligno.

El cristiano es uno que vive con esperanza, aun en medio de las pruebas. Porque sabe que no hay prueba por difícil que sea que no forme parte del plan de Dios. Pero sabe también que no hay prueba, por difícil que sea, que nos aparte de Cristo y lo que Él ha preparado para nosotros.

 

 

 

 

 

Dejar un comentario