Una vez, montando un mueble de IKEA, cometí el pecado cardinal de saltarme un paso en las instrucciones de montaje. Había que enganchar una pieza pequeña que parecía de poca importancia. Y como no entendí su propósito con respecto a todo el funcionamiento del mueble, no lo enganché, y seguía con las partes que consideraba como más esenciales. Te puedes imaginar mi remordimiento cuando, después de una hora montando y peleando con lo demás, descubrí que sin esta pieza pequeña todo el mueble se venía abajo. Algo similar puede pasar en nuestro crecimiento espiritual cuando nos enfocarnos en los aspectos que nos parecen más esenciales e importantes, pero dejamos al lado alguna pieza vital, sin la cual, lo demás se viene abajo.
Vemos la importancia de esta pieza en la Epístola de Pablo a los Efesios. Después de tres capítulos proclamando las gloriosas riquezas del Evangelio, Pablo nos ruega en Efesios 4:1 “que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados”. En otras palabras, que vivamos en conformidad al Evangelio. Pero, ¿por dónde comienza esta vida conformada al Evangelio?
Nuestra tendencia es enfocarnos en los aspectos que nos parecen más importantes como en andar en novedad de vida (Efesios 4:17-32) o imitar a Dios como hijos amados (Efesios 5:1-6) e hijos de luz (Efesios 5:7-14). Trabajamos en las áreas del matrimonio (Efesios 5:22-33), la familia (Efesios 6:1-4), y el trabajo (Efesios 6:5-9). Incluso vamos preparándonos para la batalla espiritual (Efesios 6:10-20). Pero al llamarnos a andar de manera digna del Evangelio, Pablo no comienza con ninguno de esos elementos, sino con la Iglesia (4:1-16). Y la razón es que ser cristiano significa ser parte de la iglesia, el cuerpo de Cristo, de la cual él es la cabeza (Efesios 5:22). Es como miembros de este cuerpo que tanto judíos como gentiles hemos sido reconciliados con Dios (Efesios 2:16). Como dice Efesios 3:4-6, la Iglesia es el “misterio de Cristo, que…ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu, a saber, que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, participando igualmente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio.”
En otras palabras, la iglesia no es una realidad secundaria en la vida cristiana. Es un resultado central y transcendental del Evangelio. Y, por esto, vivir conforme al Evangelio comienza con desplegar esta gloriosa realidad producida por el Evangelio.
1. La unidad de la Iglesia
Una gloriosa realidad revelada en el Evangelio es que pecadores de toda lengua, tribu y nación han sido unidos en un solo cuerpo, no en base a identidades culturales, ni gustos o trasfondos compartidos, sino por fe en Cristo y unión vital con el Trino Dios. Son las verdades de esta unión que Pablo declara en Efesios 4:4-6, cuando dice: “Hay un solo cuerpo, y un solo Espíritu, así como también vosotros fuiste llamados en una misma esperanza de vuestra vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de Todos, que está sobre todo, por todos y en todos.” Con base a este fundamento, y a través de nuestra unión con Cristo, aunque siendo muchos miembros, somos un solo cuerpo en Cristo, y así miembros los unos de los otros (Romanos 12:5). Esta unión es una sublime realidad del Evangelio. Y una vida conformada al Evangelio desplegará esta realidad del Evangelio.
Por esto, después de llamarnos a vivir de manera digna del Evangelio, Pablo nos llama a “soportarnos los unos a los otros en amor”, y “esforzarnos por preservar la unidad del Espíritu” (Efesios 4:2-3). Dicho de otra manera: una vida conformada al Evangelio parte de esforzarnos por ejemplificar y desplegar la gloriosa realidad producida por Evangelio que es la Iglesia. Se trata de vivir en unión y comunión con el cuerpo de Cristo, de tal manera que esta unión se hace evidente a todos a nuestro alrededor.
Muchos cristianos hoy pretenden vivir su vida cristiana de manera aislada o al margen de la Iglesia, pero esto ignora una verdad central del Evangelio: hemos sido unidos a Cristo, y los unos a los otros en el cuerpo de Cristo. Por eso, un a dar digno del Evangelio despliega esta verdad por un compromiso con unión y comunión en el cuerpo de Cristo.
2. El crecimiento de la Iglesia
Pero una vida conformada al Evangelio no se limita a preservar la unidad del cuerpo, sino que busca también promover el crecimiento del Cuerpo, porque el cuerpo de Cristo ha de parecerse a su Cabeza. Cristo se entregó a sí mismo para santificar y purificar a su novia, la Iglesia (Efesios 5:25-26). Santidad y conformidad a Cristo es el propósito de Cristo para su cuerpo—un propósito cuyo cumplimiento es comprado y garantizado por el Evangelio. Por eso, una vida conformada al Evangelio busca el crecimiento del cuerpo en esta conformidad ahora. Pero este crecimiento ocurre en la comunión del cuerpo según el diseño de Cristo para el cuerpo. En Efesios 4:7-16, Pablo proclama el patrón de Cristo para el crecimiento de su cuerpo, mostrando que Cristo ha dado hombres a la Iglesia (4:11), que capacitan a los miembros para la edificación de la Iglesia (4:12). Y esta edificación es “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre madura, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, es decir, conformidad a Cristo (4:13). En otras palabras, una vida conformada al Evangelio busca crecer progresivamente en la conformidad a Cristo que el Evangelio produce. Y cada cristiano ha de crecer en su vida de devoción personal con Cristo. Pero en su plan soberano, este crecimiento en conformidad a Cristo, que es el propósito de Cristo para su Iglesia ocurre principalmente en el contexto y comunión de la Iglesia, cuando todo miembro del cuerpo está “hablando la verdad en amor” y funcionando “conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro” que se produce “el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor” (Efesios 4:15-16).
No hay “llaneros solitarios” entre los cristianos. Es imposible vivir conforme al Evangelio sin el crecimiento que solo viene en la comunión de la iglesia. Puede ser que estés buscando vivir conforme al Evangelio, pero sin esta pieza central de la Iglesia, y sin embargo, se trata de un fruto central del Evangelio. Si ese ese el caso, la consecuencia resultará evidente: ni desplegarás la gloriosa unión producida por el Evangelio, ni crecerás en la semejanza de Cristo que es revelado y garantizado por el Evangelio.
Pablo no deja espacio para la duda: ¡Una vida conformada al Evangelio comienza en la Iglesia!