“¿Por qué murió Jesús en la cruz?”
Con frecuencia extendemos esta pregunta de importancia eterna a las personas que evangelizamos en la zona de nuestra iglesia, y las respuestas son tan variadas como las personas mismas. Algunos reconocen que no saben. Otros sugieren que fue para dejarnos un ejemplo a seguir, o para mostrarnos la definición de amor. E incluso otros confiesan que Jesús murió para posibilitar la salvación para la persona que la desee.
Pero las Escrituras no dejan lugar a dudas. Proclaman que, en la cruz, Jesús no solo dejó un ejemplo. No posibilitó la salvación, la llevó a cabo, obrando una redención gloriosa, completa y totalmente suficiente para la salvación de todo pecador que el Padre le ha dado (Juan 10:29). Y esta redención es como un diamante con sus facetas brillantes del perdón, justificación, reconciliación, y santificación, cada una digna de nuestra contemplación y admiración. Pero, detrás de estas facetas, hay tres aspectos gloriosos de la obra de Cristo en la cruz que son el fundamento para todos los demás.
1. Expiación
Las Escrituras proclaman que, cuando el Señor de vida murió en la cruz, llevó a cabo la expiación. No es una palabra común, pero sí es una palabra de vital importancia, porque implica la remoción del pecado. Esta remoción de pecado fue ilustrada en el “día de la expiación” detallado en Levítico 16 cuando, junto con un novillo, se presentaron dos machos cabríos. El primero macho cabrío fue sacrificado como ofrenda por el pecado, simbólicamente sufriendo la paga del pecado del pueblo, que es la muerte (Romanos 6:23). Pero el otro fue escogido como el “macho cabrío expiatorio”, y el versículo 21 dice que el sumo sacerdote “pondrá ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel y todas sus transgresiones, todos sus pecados, y poniéndolos sobre la cabeza del macho cabrío, lo enviará al desierto…El macho cabrío llevará sobre sí todas sus iniquidades a una tierra solitaria.” Por este acto todos los pecados del pueblo fueron simbólicamente cargados por el animal y extirpados lejos del pueblo.
Pero todo esto era simbólico. Hebreos 10:4 dice que “es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados.” Esta remoción simbólica de los pecados del pueblo por la muerte de animales esperaba un mayor sacrificio que eficazmente quitaría todo el pecado del pueblo de Dios. Es precisamente esta remoción eficaz y final del pecado que Jesús llevó a cabo en la cruz. 1 Pedro 2:24 dice que, como ese macho cabrío expiatorio cargó con los pecados del pueblo, “El mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz.” Hablando de la cruz, Isaías 53:6 señala que “El SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros.” Estos pasajes reflejan la gloriosa realidad que, en la cruz, el Padre colocó todo el pecado de todos Sus redimidos sobre Su Hijo amado, Jesucristo, quien los cargó sobre si mismo y murió fuera del campamento (Hebreos 13:12) para remover—es decir, expiar—nuestro pecado.
Las Escrituras proclaman que Jesús murió en la cruz, no como un ejemplo, sino como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Si eres creyente en Jesucristo, puedes tener la confianza que Jesús realmente ha alejado tus pecados “como está de lejos el oriente del occidente” (Sal 103:12).
2. Propiciación
Ligada con la Expiación es la propiciación. Es probable que propiciación tampoco sea parte integral de tu vocabulario diario. ¡Pero debe serla! Se trata de apaciguar o satisfacer la ira de Dios. Isaías 51:17 afirma que hay un cáliz, o copa, en las manos de Dios—una copa llena de la ira de Dios contra los pecadores (Salmo 75:8), que por naturaleza somos hijos de ira (Efesios 2:1-3). El problema del ser humano—tu problema—es que por causa de tu pecado eres objeto de la ira santa de Dios que Él justamente va a derramar sobre toda impiedad e injusticia, incluso la tuya.
Pero, ¿Cómo te puedes librar de esta ira? ¿Cómo se puede apaciguar esta ira? La respuesta es la Cruz. Porque pocas horas después de orar en Getsemaní, “Padre, si es Tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya,” Jesús cumplió la voluntad de Dios, bebiendo esta copa de la ira de Dios. Propició (apaciguó) la plenitud de la ira de Dios contra nuestro pecado al soportar la plenitud de la ira de Dios contra nuestro pecado en su muerte en la cruz. Romanos 3:25 dice que, en la cruz, “Dios exhibió públicamente a Cristo como propiciación por su sangre.” A vista de todo el mundo, durante seis horas y en medio de tinieblas Dios públicamente derramó su santa ira sobre Su Hijo Amado en la cruz. Y en la cruz Jesús soportó y bebió esta ira, hasta saciarse completamente, diciendo “¡Consumado es!” (Juan 19:30).
Si eres creyente en Jesucristo puedes gloriarte en que en la cruz Jesús satisfizo toda la ira de Dios contra tu pecado una vez para siempre. No queda una gota. No hay ahora condenación.
3. Sustitución penal
Inseparable de las dos realidades anteriores es la sustitución penal. Este término describe la realidad de que en la cruz Jesús sufrió la penalidad de nuestro pecado como perfecto sustituto. En la cruz, él cargó con nuestro pecado en nuestro lugar. En la cruz, Jesús soportó la ira de Dios en nuestro lugar. En la cruz, además, pagó la penalidad del pecado, muriendo en nuestro lugar (Romanos 6:23).
Esta sustitución es el núcleo del Evangelio. El santo y amado Hijo de Dios se hizo hombre para morir en la cruz en el lugar de hombres viles y pecaminosos como tú y yo. El glorioso y asombroso intercambio del Evangelio es que “al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él” (2 Corintios 5:21). Y el resultado de este intercambio se ve en la afirmación de 1 Pedro 3:18 que “Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”.
Por la muerte sustitutoria de Cristo en la cruz, el Justo por los injustos, hemos sido acercados, reconciliados, llevados a Dios. No necesitamos hacer una encuesta en la calle. Las Escrituras son claras: en la cruz Cristo expió (removió) nuestros pecados, propició (apaciguó) la ira de Dios y murió como sustituto por el pecador. Y el glorioso resultado de su muerte en la cruz no es un buen ejemplo o una redención posibilitada, sino una redención realizada, completa, y eterna para todos los que confían en él.
¡Gracias a Dios por la cruz!