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A menos que uno recurra a la IA, pronunciar oraciones y hasta discursos completos en un idioma al que uno nunca ha sido expuesto resulta algo impensable e imposible humanamente hablando. Quien haya intentado aprender otra lengua lo sabe. Incluso dedicando tiempo y recursos, y hasta dejándose una fortuna en clases particulares, aprender un segundo idioma es complejo y, en ocasiones, desesperante. Las reglas gramaticales se confunden, las expresiones se mezclan y la lengua se traba impidiéndonos emitir ese sonido que estamos buscando con tanto ahínco. Sin embargo, en las páginas del Nuevo Testamento nos encontramos con individuos capaces de dirigirse a una audiencia en un idioma que no es el suyo siendo perfectamente inteligibles. Esto que tratamos en un artículo previo,[1] es, en esencia, lo que implicaba el verdadero don de lenguas: comunicar verdades espirituales, directa y perfectamente, en un idioma distinto al de uno sin haberlo estudiado ni memorizado anteriormente. Y cualquier práctica que no alcance este nivel de competencia y dominio no debería considerarse el don bíblico de lenguas.

Sin embargo, no pocas personas en el mundo evangélico hoy se auto perciben altamente espirituales por el hecho de expresarse haciendo uso de un lenguaje que nadie más entiende… ¡Y sin haberlo estudiado! Otros son más tajantes todavía, y defienden que todos aquellos que no participan de esta manifestación nunca han sido llenos del Espíritu Santo. Y los hay quienes se atreven a afirmar que si no hablas en lenguas todavía no has experimentado una verdadera conversión. Sin duda, deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo para que esta perspectiva se haya vuelto tan popular en determinados círculos cristianos… Especialmente cuando la mayoría de los estudiosos coinciden en que el fin de las lenguas en el libro de los Hechos es la predicación del Evangelio y la conversión de las personas. Personas que sí entienden lo que se dice, directamente o por medio de un traductor, porque “la fe viene por el oír, y el oír la Palabra de Dios” (Romanos 10:17).

¿Lenguas alternativas?

Para salvar ese “escollo” que supone el testimonio del libro de los Hechos con un don de lenguas encaminado a la proclamación pública del Evangelio, la consigna habitual entre los defensores de la continuidad de las lenguas es que deberíamos establecer una distinción entre lo que aparece en Hechos y lo que se describe en la primera epístola a los Corintios. Dicho de otra manera: en su relato de lo sucedido con la Iglesia primitiva, Lucas nos estaría hablando de idiomas. No obstante, al explicar la realidad de la Iglesia establecida, Pablo se referiría a experiencias extáticas. Pero, ¿es esto realmente así? ¿Existen dos tipos de dones de lenguas en el Nuevo Testamento? ¿Uno exclusivamente “idiomático” con el fin de alcanzar a personas de otras culturas, y el otro “extático”, es decir, para el beneficio privado y directo de quien lo practica?

Lo cierto es que una lectura cuidadosa de Hechos 2 y de Primera de Corintios 12 al 14 descarta ningún tipo de jerarquía o bifurcación con respecto al don de lenguas, confirmando así que nos encontramos ante un mismo fenómeno: el de hablar verdades espirituales, directa y perfectamente, en un idioma distinto al de uno sin haberlo estudiado ni memorizado anteriormente. De hecho, en 1 Corintios 14:6, Pablo plantea una cuestión clave: si alguien habla en lenguas sin que haya comprensión, ¿qué provecho hay? Y lo ilustra con una sencilla imagen, la de una serie de instrumentos musicales en los que no hay distinción en los sonidos y, como resultado, no se puede reconocer la melodía (vs. 7-9). ¿Para qué tocarlos entonces? Del mismo modo, si no se entiende lo que el otro dice el proceso comunicativo fracasa estrepitosamente: “Pues si yo no sé el significado de las palabras, seré para el que habla un extranjero, y el que habla será un extranjero para mí” (14:11). ¿Para qué hablar entonces? Por ello (y ese es el énfasis del pasaje), Pablo les exhorta a procurar la edificación de la iglesia local en su conjunto. Porque ese es el propósito último de todos y cada uno de los dones (1 Corintios 12:7; Efesios 4:12), no el desarrollo individual de quien lo ejerce. Por eso, la reivindicación devocional con la que algunos pretenden justificar el uso privado del don de lenguas no tiene justificación ni sentido a la luz de los pasajes bíblicos. En palabras de Edgar: «Esto significaría también que un pequeño porcentaje de creyentes tendría una ventaja en la oración y la comunicación con Dios. Si las lenguas son para edificar al hablante individual o para proveer una mejor comunicación con Dios, uno esperaría que fuese dada a todos los creyentes, por cuanto Dios desea que todos sean edificados y que todos oren. Pero la Biblia dice claramente que no todos hablan en lenguas (1 Co. 12:30).»[2]

De manera que, en caso de que alguno hablase en lenguas, particularmente en ese contexto en el que la revelación escrita todavía no se ha completado, debían orar para que alguien más facilitase la interpretación necesaria para obtener una comprensión adecuada y, como resultado, se produzca fruto y crecimiento espiritual (vs. 13-19). Esto corrobora el hecho de que esas lenguas constituyen idiomas reales, y no expresiones incomprensibles en las que el significado de estas no importa o resulta de nula importancia.

¿Lenguas angélicas?

¿Qué hacemos entonces con la expresión “lenguas angélicas” que el mismo Pablo emplea en 1 Corintios 13:1? Es cierto. Pablo escribe: “Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor…”. Y algunos interpretan esto como una distinción real que daría pie a dos usos distintos. Sin embargo, no podemos perder de vista el estilo y las expresiones con las que el apóstol redacta los primeros tres versículos de 1 Corintios 13:

Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy. Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha.

Para enfatizar la supremacía del amor sobre todo lo demás, Pablo dibuja un mosaico de imágenes tan exuberantes como exageradas. Hipérbole tras hipérbole, el apóstol eleva la apuesta para concluir que no importa lo espectacular y extravagante del escenario que ideemos, el amor entre hermanos es superior a cualquier expresión o habilidad aparentemente «espiritual», por muy extrema que ésta resulte: misterios inalcanzables, montañas movidas de sitio, un martirio en la hoguera, … O (el caso que nos ocupa), lenguas angélicas, que se escapan de todo orden requerido. Porque igual que entregar el cuerpo para ser quemado como acto voluntario no forma parte de una práctica legítima, el hablar en lenguas angélicas o lenguas en general no es algo requerido o extendido ni siquiera en un momento de la historia en el que la Biblia todavía está siendo redactada (1 Corintios 12:30). Por otro lado, no hay ningún tipo de constancia de que exista un lenguaje (o varios) netamente angelical. En los relatos bíblicos, los ángeles siempre hablan en el idioma del receptor y nunca hay necesidad de traducción. Ellos son los mensajeros, ¡eso es lo que la palabra “ángel” significa literalmente! Por tanto, la idea de múltiples idiomas angelicales carece de fundamento bíblico.

Conclusión

En resumen, al comparar Hechos y Primera de Corintios, se observa coherencia: misma palabra, misma descripción, misma fuente —el Espíritu Santo—, mismos practicantes —los creyentes— y mismo propósito: el testimonio del Evangelio, especialmente hacia los incrédulos. Y la reacción de los que escuchan también es similar: una de sorpresa ante lo que Dios hace. Esto es precisamente lo que se pretendía, porque las lenguas se relacionan con otros dones de carácter confirmatorio, que persiguen demostrar la autenticidad del mensaje.

El don de lenguas está claramente vinculado a la proclamación del Evangelio (1 Corintios 14:22). Pero lo que sucedió en Babel con aquella famosa torre no facilita las cosas… (Génesis 11). La diversidad de idiomas representa un desafío para la misión de hacer discípulos hasta lo último de la tierra (Mateo 28:19-20; Hechos 1:8). Por eso, en el contexto de la iglesia primitiva, Dios capacitó a los creyentes para superar esa barrera y llevar el mensaje a todas las naciones. Y este don cumplió una función específica en un momento concreto. Pero hoy,  si alguien desea hablar en otros idiomas, aun con el deseo de compartir el Evangelio a personas que proceden de otras culturas, con la Biblia al completo a su disposición, ¡tendrá que estudiar!

 

 

[1] Puedes leer el artículo que precede a este aquí: https://redentormadrid.com/y-de-repente-hablaron-en-lenguas-origen-y-proposito-del-don-de-lenguas/

[2] Thomas R. Edgar, Satisfecho con la promesa del Espíritu (Grand Rapids, Portavoz, 1997), 180.

Heber Torres

Heber Torres

sirve como pastor de Redentor Madrid y es director del Certificado en Estudios Bíblicos del Seminario Berea (León, España). Está casado con Olga y juntos son padres de tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

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