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El pino de Bristlecone es una de las especies más extraordinarias del mundo vegetal. Algunos ejemplares superan los 4.500 años de antigüedad. Y no porque se encuentren en el lugar más apacible del mundo, precisamente. Crecen en terrenos pobres, soportan escasas precipitaciones, resisten un viento constante y temperaturas cercanas a los 30 grados bajo cero en invierno y a los 30 grados en verano. Lo cierto es que no permanecen porque las condiciones sean favorables, sino a pesar de ellas. ¡Eso sí que es perseverar contra viento y marea!

Ninguno de nosotros cuenta con vivir durante tanto tiempo, pero todo aquel que ha sido impactado por el Evangelio ha sido llamado a perseverar en él sin importar las circunstancias. Porque el Evangelio no es solamente algo que se comunica; es algo que se cree. Tampoco es algo que se recomienda a otros sin más. Es un mensaje de vida que nos ha convencido y seducido, habiéndonos rescatado de nuestra condición fatal. Por eso nos aferramos y nos abrazamos a él, cualquiera que sea la situación. Porque reconocemos de qué nos libró el Señor, al sustituir nuestra condición caída por una vida nueva y cambiar nuestro lamento en danza (Efesios 2:4-5; 2 Corintios 5:17; Salmo 30:11). Habiendo «degustado» Sus bondades (Salmo 34:8; 1 Pedro 2:3) somos plenamente conscientes de que no existe nada ni nadie que nos sacie como Él lo hace (Salmo 107:9; 16:11).  ¿Qué sentido tendría entonces dejarlo de lado o buscar en otro lado?

Sin embargo, tristemente, hay personas a nuestro alrededor que durante años parecían muy apasionadas. Estaban dispuestas; tanto que trabajaron, se esforzaron y se sacrificaron con la intención de alcanzar a otros con el Evangelio. A lo largo de los años he visto miembros de iglesias, e incluso pastores, que parecían muy apasionados. Eran activos en sus comunidades, animaron a muchos localmente y hasta participaron en viajes misioneros. Pero ya no están entre nosotros. Ni aquí ni en ningún sitio. Y no porque se hayan muerto… “Los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, que no provienen del Padre sino del mundo” (1 Juan 2:16), tuvieron más impacto en ellos. Tuvieron mayor influencia en ellos. Tuvieron mejor aceptación en ellos. Y, como resultado, no perseveraron.

  1. La perseverancia y la fe en Jesucristo

Una ilustración de ello lo encontramos en Juan 19:25. Los que más tiempo habían pasado con Jesús, los que más lo conocían, los que más lo habían oído y lo habían visto en acción, los que habían prometido seguirle hasta la muerte en caso de necesidad, no aparecen en la escena. Y no aparecen en la escena porque no están. No están ni se les espera. Han huido. Se han escondido. Aún más, en el caso de Judas, ha sido él quien ha entregado al Señor. Pero en la escena sí aparece un grupo de mujeres con las que nadie contaba y a las que nadie tenía en cuenta. Sin embargo, permanecen allí. Están dispuestas a perseverar porque, a diferencia de varios de los que se presentaban como discípulos de Jesús, creyeron sus palabras.

Cuando leemos Lucas 24:1-12 encontramos a esas mismas mujeres. Son las que acompañaron a Jesús en su crucifixión. Las mismas con las que nadie contaba y a las que nadie tenía en cuenta. Pero siguen allí, dispuestas a perseverar, porque tomaron en serio lo que Jesús les había enseñado. Esto es lo que sucedió con los primeros creyentes que formaron parte de la Iglesia. Nos encontramos con personas dispuestas a perseverar porque creyeron el mensaje de Cristo. Por eso la Iglesia crecía y se multiplicaba. Y no estoy hablando de campañas masivas, de eventos multitudinarios ni de imponentes ponentes. Hablo de gente sencilla, como tú y como yo. Gente sencilla que se identificó con Cristo en su vida y en su muerte. A pesar de la presión, tan grande como para dejar a sus familias y abandonar sus casas, y a pesar de la persecución, tan intensa como para tener que huir para salvar sus vidas, continuaron creyendo en él, hablando de él y testificando de él.

En Hechos 8 se nos confirma que, después del asesinato de Esteban, se desató una gran persecución contra la iglesia en Jerusalén y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y Samaria, excepto los apóstoles. Algunos hombres piadosos sepultaron a Esteban y lloraron a gran voz por él. Mientras tanto, Saulo hacía estragos en la iglesia, entrando de casa en casa y arrastrando a hombres y mujeres para echarlos en la cárcel. Sin embargo, los que habían sido esparcidos iban predicando la Palabra (Hechos 8:1-4). Y a lo largo del libro de Hechos sucede algo parecido. Las puertas, en términos espirituales, se abren, pero también se cierran. El Evangelio es bien recibido, pero también es rechazado. Es aceptado con gozo y toda solicitud, pero también es resistido y refutado con violencia. Pero ellos perseveraron. Perseveraron en su fe y en la proclamación de la fe, hasta entender que la presión y la oposición no son razones para abandonar, sino señales de que uno camina en la dirección adecuada.

  1. La perseverancia y el cuidado de Cristo

El apóstol Pablo escribió: «Por lo cual también sufro estas cosas, pero no me avergüenzo; porque yo sé en quién he creído, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día» (2 Timoteo 1:12). Porque, ¿cómo habiendo predicado a otros terminaremos nosotros descalificados? ¿Cómo, después de haber señalado el camino a otros, lo abandonaremos nosotros? Pero tristemente sucede. Y sucede porque algunos, como enseña Jesús en la parábola del sembrador (Mateo 13:20-22), no tienen raíz profunda en ellos. Su respuesta es solamente temporal y, cuando por causa de la Palabra viene la aflicción o la persecución, enseguida tropiezan y caen. A veces son las preocupaciones del mundo; otras veces, el engaño de las riquezas. La palabra se ahoga y queda sin fruto. Y terminan por salir porque, como dice el apóstol Juan, no eran de nosotros; pues, si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros (1 Juan 2:19). Pero gracias a Dios por Su gracia, porque la parábola no termina ahí. El Señor añade que aquel en quien se sembró la semilla en tierra buena es el que oye la Palabra y la entiende. Ese sí da fruto y produce: uno a ciento, otro a sesenta y otro a treinta (Mateo 13:23).

La perseverancia en el Evangelio es esa realidad necesaria que nos mantiene conectados con Cristo y entusiasmados con él. Con un Cristo que ha prometido cuidarnos y acompañarnos a lo largo del camino, cada día y todos los días, por difícil que resulte nuestra situación y por complejas que parezcan nuestras circunstancias. Y lo hace por medio de esa autoridad de la que nos habla Mateo 28:18: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra».

El Señor Jesucristo utiliza una expresión que apunta a la totalidad. Esta autoridad se extiende hasta los cielos y más allá de los cielos. En la esfera material cuenta con toda autoridad; en la esfera espiritual cuenta con toda autoridad. Bajo esa autoridad somos preservados. Bajo esa autoridad somos protegidos. Bajo esa autoridad somos comisionados. Y bajo esa autoridad podemos perseverar. Pero Cristo no solamente tiene cuidado de nosotros confirmando que su mano fuerte está con nosotros y por nosotros. También nos cuida regalándonos su propio ejemplo. Dice el autor de Hebreos: «Considerad, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón» (Hebreos 12:3). ¡Gracias a Dios por ello!

Conclusión

Esto es algo que no se fabrica. No se puede elaborar. No se puede replicar. Es resultado de una verdadera conversión. Es resultado de haber nacido de nuevo, de haber sido rescatados de nuestra vana manera de vivir y de haber recibido un nuevo corazón. Un corazón que palpita como el suyo, que ama lo que él ama, que busca lo que él busca y que se deleita en ver a las almas volverse a Dios en arrepentimiento y fe, así como Dios se deleita en ver a las almas volverse a Él en arrepentimiento y fe.

Un corazón misionero es un corazón transformado, equipado y preparado para perseverar. ¿Es esto lo que caracteriza a tu propio corazón? Quiera Dios que así sea. Porque si algo ha de suceder en medio nuestro, si algo va a suceder en medio nuestro, es porque Dios continúa cambiando corazones, transformándolos y orientándolos a vivir a la luz del Evangelio.

 

Heber Torres

Heber Torres

sirve como pastor de Redentor Madrid y es director del Certificado en Estudios Bíblicos del Seminario Berea (León, España). Está casado con Olga y juntos son padres de tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

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