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Cada vez son más las personas que evitan pensar en la persona de Cristo. Aun manifestándose “cristianos”, pasan por alto la vida y obra de Cristo y, por generaciones han venido encomendándose a determinados “santos”, o a la virgen María o a determinados rituales, para compensar las cosas malas que hacen en su día a día. Cada vez más personas conviven con su pecado, adaptándose a esta trágica realidad como “normal”, y rechazando constantemente la sabiduría de Dios y la reconciliación que sólo es posible por medio de Cristo. Lamentablemente, también en la manera en que la fe evangélica ha sido secularizada y sus intereses han sido mezclados con los intereses de la cultura. A consecuencia de ello, es cada vez mayor la pérdida de valores absolutos, la defensa de un individualismo permisivo y la sustitución del bienestar personal frente a la búsqueda de la santidad. Cristo y su cruz han sido desplazados del centro de nuestra cosmovisión. El pastor Miguel Núñez afirmó: “Hay una cosa peor que no ser cristiano: es no serlo y creer que lo eres.” Por desgracia, esa es la realidad de muchos “cristianos” hoy en día. Esto es algo terrible. Y el peligro se encuentra en tener un concepto equivocado de Cristo.

Ahora bien, y dicho esto, ni aún la mejor pluma alcanzaría para describir en unas pocas palabras toda la grandeza y la gloria de Cristo, el incomparable. Pero, como en todo asunto, acudir a la Biblia nos dará luz para enfocar cualquier aspecto que estudiemos y, en este sentido, la realidad que emana de la Escritura es que Cristo no puede ser comparado con nada ni con nadie en el tiempo (Jn. 1:1). Él es único en su nacimiento (Is. 7:14), único en su humanidad (Fil. 2:5-8) y único en su autoridad (Jn. 8:46; 14:6). Las multitudes lo reconocían, los demonios se sometían a su mera presencia, aún los vientos y los mares fueron calmados por su voz, y los muertos resucitaban a su llamado. Él también fue único en santidad. Cristo en su vida aquí en la tierra, cumplió la ley a la perfección (Mat. 5:17). En su muerte, rescató al pecador (Mr. 10:45) como una obra completa (Jn. 19:30) y sustitutiva (2Cor. 5:21). Y en su resurrección, el Padre aceptó su sacrificio para nuestra salvación (1Cor. 15:12-19).

La Escritura nos muestra que Cristo es el único camino de salvación de todos los que fueron, son y serán regenerados. Por eso creemos y proclamamos que Cristo, y solamente Cristo, puede cambiar la vida de una persona. Cristo es la puerta estrecha que hace innecesario–e improductivo – cualquier otro camino de salvación (Jn. 7:13-16). Resulta interesante ver la perspectiva del autor de la carta a los Hebreos, donde esta realidad de este Cristo superior a todo se hace evidente.

  • Al compararlo con los ángeles, dignas criaturas celestiales, estos son meros ministradores, enviados para servir (1:14).
  • Al compararlo con Moisés, gran libertador del pueblo de Israel, este no es más que el mayordomo de Su “casa” (Heb. 3:5-6).
  • Al compararlo con Aarón y los sacerdotes levíticos, exclusiva familia con el exclusivo privilegio de servir en el tabernáculo de Dios, estos debían empezar por ofrecer sacrificios por sus propios pecados, confirmando su insuficiencia. En última instancia, representaban simbólicamente lo que el Mesías haría de manera definitiva.
  • Ni siquiera Abraham, “padre” de la nación escogida, puede ser comparado con Cristo. Porque él es un súbdito más de este Rey Sacerdote.

La realidad es que todos aquellos a quienes los judíos tenían en la más alta estima no podían resistir por un momento la comparación con Cristo. Cristo es superior a todo.

Ahora, si tuviéramos que destacar una cosa sobre todas, podríamos decir que Cristo es incomparable porque llevó a cabo el único sacrificio que satisfizo la justicia de Dios. Por eso, la gran invitación de Hebreos es: “acerquémonos a Dios con confianza… por un camino nuevo y vivo que Jesús inauguró para nosotros… por medio de Su sangre.” (10:19-22). Y la exhortación definitiva del autor es a vivir con nuestros ojos puestos en Jesús (12:1-3), porque no hay nadie como Él. Nadie puede hacer lo que Él llevó a cabo una vez y para siempre. ¡Él es incomparable!

Cristo no tiene comparación con nada ni con nadie, porque sólo Él murió una muerte que pagó por todos nuestros pecados. Sólo Él puede acercarnos a Dios, sin que seamos consumidos por Su justicia. Creer en Cristo conforme a la Palabra es comprender que poner tu fe en cualquier otro es incoherente e inadmisible. Implica confiar en aquel que tiene el poder de anular el poder de la muerte. Creer en Cristo es acercarte con confianza al trono de la gracia, el lugar donde hallamos siempre la ayuda oportuna. Pablo escribe en Romanos 8:3, “porque lo que la ley no podía hacer, débil como era mediante la carne, Dios lo hizo enviando a Su propio Hijo”.

Lo que la ley no podía hacer, Dios lo hizo enviando a Su Hijo, a semejanza de carne pecaminosa y como una ofrenda por el pecado, condenó el pecado en la carne, para que el requisito de la ley fuera cumplido en nosotros. Nuestros pecados son imputados a él en su muerte, y su vida perfecta nos es imputada por la fe. Él envió a Su Hijo, (v. 5), “a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos.”. Él lo hizo para redimirnos, nos compró de la esclavitud al pecado, “a fin de que recibiésemos la adopción de hijos”.

Entonces, si aún hoy vives apartado del Evangelio de Cristo, si aún hoy vives apartado de la fe en Jesucristo, no importa cuán religioso seas, cuan moral seas, estás en esclavitud, bajo pecado y la paga del pecado es muerte. No puedes entrar en el reino de los cielos hasta que seas Nacido de Nuevo, y eso, sucede únicamente cuando vienes en fe a Jesucristo. Por el contrario, si verdaderamente has Nacido de Nuevo, entonces, dicen las Escrituras, que eres coheredero con Él de todo lo que Dios posee.

El día que nosotros depositamos nuestra fe en Cristo como Señor y Salvador, ese día, su justicia (incomparable) es cargada a nuestra cuenta. El pecador reconoce su pecado y su incapacidad total para salvarse por sus propios medios. Al ver que el juicio de Dios le espera, tiene que darse cuenta de que su única esperanza es la gracia y la misericordia de Dios.

El pastor MacArthur dijo:

“El verdadero evangelio subraya la bancarrota del esfuerzo humano. La salvación viene solamente por creer en el Señor Jesús, quien pone fin a la tiranía de la ley. Por lo tanto, los pecadores son salvos por gracia mediante le fe, aparte de sus propias obras. Son perdonados, no por lo que han logrado, sino solo por lo que Dios logró a través de Cristo, una vez y para siempre.”

Gerson Heredia

Gerson Heredia

es graduado del seminario Berea (maestría en Predicación Expositiva y maestría en Biblia y Teología), sirve como maestro en Redentor Madrid y es profesor del Certificado de Estudios bíblicos. Está casado con Laura y juntos tienen tres hijos: Sofía, Marta y Carlos.

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