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Iniciamos un nuevo año, y esta es la época ideal, la época habitual, para hacer planes, fijarse nuevas metas y redefinir prioridades. Quizás con el fin de remendar o de corregir lo que hasta ahora no ha salido bien, o de implementar–e incluso superar– lo que hasta ahora no ha sido posible conseguir. Y como si de un cuaderno en blanco se tratase, la mayoría de nosotros quisiéramos poner la cuenta a cero, confiando en que este año sí, en que esta vez sí, todo será diferente.

Según avanzamos en nuestra lectura de los Evangelios, nos encontramos con un Jesús que también ha hecho planes, sabiendo que se acerca al momento crucial y definitivo, no ya del año, sino de su vida aquí en la tierra. Pero quiere dejar claro a sus discípulos que todo lo que ha de acontecer forma parte de un plan, de Su Plan.

  1. La información de Jesús 

En apenas unas pocas palabras Jesús informa a sus discípulos acerca de Su plan. Un plan muy poco convencional: “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Y le matarán, y al tercer día resucitará” (Mateo 17:22). Humanamente hablando se trata de algo absolutamente disparatado. El Hijo del Hombre, el que viene a salvar a los hombres, va a ser traicionado por los hombres. Para terminar muriendo a manos del producto de sus manos. Si la buena noticia de la que hablábamos en Navidad es que Dios envía a Su Hijo para salvar a los hombres, la triste noticia de la humanidad es que el hombre envía al Hijo de Dios de vuelta, pero lo envía de vuelta humillado y crucificado. Y en apenas unas semanas, toda esa multitud que hasta ahora lo aclama y lo reclama, lo insultará y lo rechazará en masa. Y si eso no fuera suficiente, uno de esos doce que ahora escucha atentamente a Jesús será quién realice la entrega. Al punto que esta palabra, este verbo “entregar”, lo acompañará por los siglos de los siglos.

¡Qué osadía! ¡Qué atrevimiento! El de aquella generación, rechazando al Autor de la vida… ¡Qué osadía! ¡Qué atrevimiento! El de cada generación, rechazando al Autor de la vida, para gobernar tu vida sin interrupciones ni privaciones… Porque, lamentablemente, desde lo profundo de nuestro corazón, también nosotros hemos clamado eso de «no queremos que este reine sobre nosotros» (Lucas 19:14). Sin embargo, y de manera asombrosa, el rechazo de Jesucristo no es el final de Jesucristo. Porque él tiene un plan. Y resucitar es parte de ese plan. Por eso su plan es superior a todos los planes, porque ese resucitar al tercer día significa que su plan no puede ser frustrado. Ese resucitar al tercer día lo cambia todo, y nos cambia a todos los que venimos a los pies de una cruz en la que deberíamos haber sido clavado nosotros para recibir el perdón de nuestros pecados.

Y así termina esta información en exclusiva, hablando de la resurrección. Porque un Mesías muerto no salvará a nadie. Él tiene que morir, pero él tiene que vivir. Porque sin derramamiento de sangre no habrá remisión de pecados, pero sin resurrección, todo habría quedado en promesas vacías. ¿Es esto lo que tú crees? Porque a este lado de la cruz ya no se trata de información privilegiada. Es parte del plan redentor de un Cristo que venció a la muerte a través de su propia muerte.

Sin embargo, en este momento, y a pesar de que se trata de una píldora encapsulada, casi un telegrama, es demasiado para los discípulos. No lo pueden digerir. Les resulta demasiado pesado. Y reaccionan mal.

  1. La incomodidad de los discípulos 

Cuando nos acercamos a las páginas de la Escritura, nos damos cuenta de que dentro de este gran tema que llamamos “voluntad de Dios” existen varias categorías. No es que existen distintas voluntades en Dios, ni diferentes niveles o jerarquías en la voluntad de Dios. Se trata de distintos aspectos de una única voluntad, la Suya. Y es ante esta voluntad revelada de Dios, en la Persona de Su Hijo, de la boca de Su Hijo que los discípulos reaccionan y reaccionan mal, que los discípulos se resisten y se incomodan. No porque falta información sino, precisamente, porque tienen la información y no están conformes con la información.

Todos nosotros nos hemos visto en alguna conversación incómoda. Alguien te cuenta algo, y no sabes qué responder, cómo reaccionar o qué decir. Así se sentían aquellos discípulos. Dice el texto que se “entristecieron”. Esta es la misma expresión que Mateo utiliza para describir la reacción de Herodes al conceder la cabeza de Juan el Bautista a su sobrina. Pero el evangelista añade un calificativo que confirma hasta qué punto se entristecieron: “Se entristecieron mucho” (Mateo 17:23). Literalmente “se entristecieron extremadamente”, “con mucha vehemencia”. Y eso probablemente incluía, gestos contrariados, expresiones de desaprobación y hasta rebufos y expiraciones… No es que no están al tanto de lo que va a suceder, es que no están de acuerdo con lo que va a suceder. Y si varias veces Jesús les había informado al respecto, varias veces habían reaccionado negativamente. Al punto que, Pedro llega a decirle a Jesús: “No lo permita Dios, eso nunca te acontecerá”. En otras palabras: “Mientras yo esté cerca, eso no va a pasar” (Mateo 16:22). Probablemente porque recordaba otras lecciones que Jesús les había enseñado allá por Mateo 10:24: “Un discípulo no está por encima del maestro, ni un siervo por encima de su señor. Le basta al discípulo llegar a ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebú, ¡cuánto más a los de su casa!” Si eso habrían de hacer con Jesús, ¿qué pasará con ellos? Si así terminará Jesús ¿cómo acabarán ellos?

Muchas veces leemos la Biblia y somos muy rápidos en criticar lo que hacen unos y lo que hacen otros, cómo responden unos y cómo responden otros. Pero si somos honestos, la incomodidad de los discípulos es también la nuestra. ¿O no nos sentimos así muchas veces también nosotros? Igual que aquellos discípulos, seguros de lo que nos gusta y lo que no, convencidos de lo que nos interesa y de lo que no. Desconcertados y descontentos ante lo que no entendemos, ante lo que no aprobamos. Pero esto denota nuestra poca confianza en el Dios que todo lo sabe y que todo lo puede, en el Dios que nos ama más de lo que nosotros sabemos y podemos. El Dios que siempre obra todas las cosas conforme al consejo de Su voluntad. Una voluntad que es buena, agradable y perfecta (Efesios 1:11; Romanos 12:2). Y esto incluye todo lo que nos sucede, también lo concerniente a la muerte de Su propio Hijo.

La Escritura confirma como estos mismos discípulos que se entristecieron mucho, pocas semanas después, al ver al Cristo resucitado, se regocijaron grandemente. Tomó su tiempo, pero, finalmente, incluso Pedro aprendió la lección. Y no solo dejó de oponerse y resistirse al plan de Jesucristo, sino que convirtió este asunto en el centro de su predicación. En su primer sermón, recogido en Hechos 2:23, dijo lo siguiente: “A este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis en una cruz por manos de impíos y le matasteis, a quien Dios resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que Él quedara bajo el dominio de ella”.

Conclusión

En esta época la mayoría de las empresas hacen inventario y valoran lo que tienen, lo que les falta y lo que quisieran alcanzar. En este día Dios nos da la oportunidad de examinarnos a nosotros mismos con el fin de aferrarnos al Autor de nuestra salvación, sabiendo que Él tiene cuidado de nosotros. Porque en Su inventario de nosotros no falta nada y no sobra nada. Al punto que todos y cada uno de los cabellos de nuestras cabezas están contados.

Iniciamos un nuevo año sin saber qué pasará mañana. Pero en medio de la incertidumbre que este mundo nos ofrece, podemos descansar en que los planes de Cristo son siempre los mejores. Podemos confiar en que los propósitos de Dios en Cristo son siempre superiores. Y por eso es un buen momento, es el momento, de sujetar nuestros planes a los suyos, de someter nuestros planes a los suyos, de humillarnos ante él, de reconocerle a él y de dejar que sea él el que planifique.

 

 

Heber Torres

Heber Torres

sirve como pastor de Redentor Madrid y es director del Certificado en Estudios Bíblicos del Seminario Berea (León, España). Está casado con Olga y juntos son padres de tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

Un comentario

  • Lisbe Gamez dice:

    Debemos estar confiados en los planes de cristo, porque son los mejores y El; el mejor arquitecto. Para Dios librarnos del pecado y de la muerte, envió a su hijo a morir por la humanidad para nuestra salvación, muriendo en manos del hombre; pero venció a la muerte resucitando para así, seguir con el plan de salvación a nuestras almas

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