Durante el trascurso del 2025, se anunciaron algunos cambios en la llamada Ley de sucesiones en España, y estos cambios reflejaron una prioridad y preocupación predominante de muchos padres: que sus hijos reciban la mayor parte de su herencia. Por norma general, este es el deseo de los padres. Trabajan y se esfuerzan diligentemente para poder dejar algo de valor a sus hijos en el futuro.
El padre cristiano no es la excepción. Pero a la misma vez que deseamos dejarles una herencia material y futura, tenemos la gran responsabilidad de entregarles una mayor y más valiosa herencia a nuestros hijos aun ahora mientras vivimos. Es una herencia que es “más deseable que el oro; sí, más que mucho oro fino, más dulce que la miel y que el destilar del panal” (Salmo 19:10). Es una herencia que no se trata de mero sostenimiento físico y futuro de nuestros hijos, sino que es el alimento espiritual que necesitan hoy (Mateo 4:4). Esta herencia de valor incontable es nada menos que la Palabra de Dios.
Y entregar esta herencia a nuestros hijos no es opcional para el creyente. Dios nos manda en Efesios 6:4: “Criadlos en la disciplina e instrucción del Señor.” Como padres, tenemos un encargo divino de enseñar la Biblia a nuestros hijos. Pero la pregunta es: “¿Cómo?”
Aunque hay una buena cantidad de pasajes y principios bíblicos que podrían orientarnos en nuestra obediencia a este mandato, Deuteronomio 6 provee un buen punto de partida. Moisés está exhortando a Israel a guardar la Ley de Dios y, en ese contexto, exhorta a los padres a enseñar esa Ley a sus hijos. Los principios extraídos del pasaje sirven como guía para cualquier padre buscando fielmente hacer lo mismo.
Amar
“Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es. Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.” (Deuteronomio 6:4-5).
Aun antes de llegar a las pautas para la instrucción de nuestros hijos, Moisés nos recuerda que hay algo todavía más prioritario y esencial: nuestro amor por Dios. Enseñar la Palabra de Dios a nuestros hijos encuentra su origen en nuestro amor por el Dios de la Palabra. Lo que nos motiva y nos mueve a hacer la labor ardua de enseñar la Biblia a nuestros hijos no es primordialmente su bienestar y desarrollo espiritual, es la gloria de Dios. Cómo padres, enseñamos la Biblia a nuestros hijos porque amamos al Dios de la Biblia y queremos proclamar Sus excelencias a todas las naciones (1 Pedro 2:9), comenzando en nuestra casa. Y aun si nuestros hijos muestran desinterés o resistencia, o incluso hostilidad (Lucas 12:53), es la gloria de Dios que nos moverá a perseverar en esta proclamación obediente.
¿Es este amor por Dios en ti hoy? ¿Estás cultivándolo diariamente para que desborde en tu vida en la proclamación de este Dios a los que están alrededor, comenzando con tus hijos? Porque enseñar la Biblia a nuestros hijos comienza con nuestro amor por el Dios de la Biblia.
Meditar y Atesorar
“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón.” (Deuteronomio 6:6)
Junto con el amor por Dios, Moisés revela otro antecedente a la instrucción bíblica de nuestros hijos y que brota de nuestro amor por Dios: las Palabras de este Dios que amamos “estarán sobre tu corazón”. El profeta aquí habla de meditación constante en la Palabra, de tal forma que esta ésta influya todo pensamiento y acción de nuestro corazón, y por consecuencia, todo lo que somos. Pero no se refiere a algo meramente mental y mecánico sino de afecto por la Palabra desde el corazón. Se trata de atesorar la Palabra en el corazón (Salmo 119:11). Y como Padres este afecto y meditación es vital para la instrucción de nuestros hijos. ¿Cómo les exigiremos memorizar lo que nosotros rehusamos memorizar y meditar? ¿Cómo les proclamaremos como precioso lo que nosotros no atesoramos como precioso primero?
Si queremos fielmente enseñar la Palabra a nuestros hijos, esta Palabra tiene que estar diariamente sobre nuestro corazón. Es a través de nuestro propio estudio y memorización y meditación gozosa en la Palabra de Dios, que seremos preparados para enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo.
Ser diligente
Después de orientar la prioridad y práctica de nuestra comunión personal con Dios, Moisés comienza a instruirnos cómo enseñar la Palabra a nuestros hijos. Y comienza con la diligencia:
“…y diligentemente las enseñarás a tus hijos…” (Deuteronomio 6:7)
Como un hombre de Dios decía con frecuencia, “la clave del aprendizaje es repetición, repetición, repetición”. Pero esta repetición requerida para aprender también requiere diligencia de parte de los que instruyen. Requiere diligencia en nuestro propio estudio y comunión personal. Pero también requiere diligencia y perseverancia en nuestra enseñanza.
Es común que, tras una exhortación o predicación sobre la crianza de los niños, padres cristianos renueven sus esfuerzos en la enseñanza de sus hijos y retomen un tiempo devocional familiar. Pero también es común que tras solo unos días o semanas esta práctica renovada se abandone en medio de las ocupaciones de la semana. Muchos hemos experimentado este ciclo de primera mano, y resalta nuestra necesidad de diligencia en la instrucción.
Una de las maneras más sencillas de practicar esta diligencia es por apartar un tiempo habitual en la rutina semanal. Cada familia tiene un ritmo y rutina distintos. Pero, con tu calendario particular, encuentra o crea un espacio para enseñarles la Palabra de Dios. Aparta un tiempo en lo cual habitualmente enseñas la Palabra a tus hijos. Esta práctica ayudará a tus hijos a entender el lugar central de la Palabra en la vida, y te ayudará a mantener una enseñanza diligente y sistemática de la Palabra en el hogar. Si “repetición, repetición y repetición” es la clave para aprender, ¡seamos diligentes en “enseñar, enseñar y enseñar” a nuestros hijos!
Ser constante
“…y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos.” (Deuteronomio 6:7)
Aunque tiempos específicos para la instrucción bíblica de nuestros hijos son esenciales para enseñarles con diligencia, esa instrucción no se limita a ese tiempo concreto. Ha de ser algo constante. La instrucción Bíblica no se reduce a un tiempo alrededor de la mesa con la Biblia abierta. Dios nos manda a hablar Su Palabra a nuestros hijos en medio de todas las actividades de la vida.
Podemos hablar de la gloria de Dios en la creación al pasear en el parque y referir las consecuencias del pecado y el alto precio que Cristo pagó por nuestro perdón al disciplinar a nuestros hijos. Usamos situaciones y temas que surgen en el colegio para enseñarles la verdad bíblica al respecto. La persona que se coló en el supermercado nos presenta una oportunidad de enseñar la paciencia y amor de Dios; o si no hemos respondido con amor y paciencia, tomémoslo como una oportunidad para enseñar la confesión de pecado y nuestra necesidad de perdón. Realmente los ejemplos que podríamos dar son tan innumerables como las circunstancias de la vida, porque cada una de ellas se convierte en un aula para enseñar a nuestros hijos la Palabra de Dios. Y somos mandados a aprovecharlas todas con este fin, siendo constantes en la instrucción.
Conclusión
Hay muchos otros principios que nos guiarán y ayudarán a enseñar la Biblia a nuestros hijos. Pero pensando en entregar el mayor tesoro a nuestros hijos, que les beneficia no solo hoy, sino por toda la eternidad, Deuteronomio 6:4-7 nos propone un buen patrón a seguir. Comencemos hoy mismo a cultivar un amor por Dios y una meditación constante en Su Palabra en nuestras propias vidas. Y, entonces, por el poder del Espíritu, seremos capacitados para enseñarla diligente y constantemente a nuestros hijos también.