¿Qué es lo que verdaderamente te apasiona? ¿Qué es lo que mueve tu corazón? ¿Lo que te hace levantarte cada día con expectación? ¿Lo que te permite irte a dormir ilusionado ante lo que vendrá?
Esta no es una cuestión sencilla. Entre otras razones, porque hablar de pasión en según qué contextos cristianos está casi prohibido. Con frecuencia se asocia con una actitud descontrolada o desenfrenada. Y ciertamente, las Escrituras advierten contra las pasiones desordenadas. En 1 Timoteo 6:10 leemos: “Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores” (1 Timoteo 6:10). Pablo describe aquí una pasión malvada y que se convierte en la raíz de otros muchos males. En Tito 2:12 amplía esta idea al hablar de “pasiones mundanas” de las que hay que huir porque no proceden de Dios. Estas pasiones no encuentran su origen en el cielo, sino en el sistema caído de este mundo. No forman parte de la voluntad de Dios para Sus hijos, sino de aquello que el enemigo utiliza para seducir y esclavizar al hombre. Y parte de la obra de gracia que Dios realiza en el creyente consiste precisamente en ayudarnos a escapar de ellas (Tito 2:12).
1. Una pasión aprobada por Cristo
Sin embargo, no todas las pasiones son pecaminosas. La Biblia también habla de deseos legítimos, fervientes y santificados. 1 Timoteo 3:1 dice: “Palabra fiel es esta: Si alguno aspira al cargo de obispo, buena obra desea hacer” (1 Timoteo 3:1). El apóstol emplea un lenguaje intenso para describir una aspiración profunda: el anhelo de pastorear y guiar la grey del Señor. Y concluye diciendo que se trata de un deseo bueno. Jesús utiliza este mismo lenguaje en Lucas 22:15 cuando, reunido con Sus discípulos antes de padecer, declara: “Intensamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lucas 22:15). En el original griego, esa expresión transmite una intensidad extraordinaria. Los traductores quisieron dejar claro que Jesús no tenía en mente una simple preferencia, sino un anhelo profundo y apasionado.
De manera que, en último término, lo que convierte una pasión en legítima o ilegítima no es la intensidad del deseo, sino el objeto del deseo. La cuestión no es cuánto anhelamos algo, sino qué es aquello que anhelamos. Y en Mateo 26 encontramos una de las expresiones más hermosas de una pasión santa. Algunos comentaristas han llegado incluso a titular Mateo 26:6-13 como “el texto de la pasión”.
El pasaje relata cómo Jesús se encontraba en Betania, en casa de Simón el leproso, cuando una mujer se acercó con un frasco de alabastro lleno de perfume muy costoso y lo derramó sobre su cabeza mientras él estaba sentado a la mesa (Mateo 26:6-7). Juan identifica a esta mujer como María, hermana de Marta y de Lázaro (Juan 12:3). Y Marcos añade que el perfume era de nardo puro y que su valor equivalía aproximadamente al salario de un año entero (Marcos 14:3-5). No era un regalo pequeño ni un gesto simbólico sin coste real. Se trataba de una entrega cuanto menos extravagante, y los discípulos reaccionaron con indignación y quejas: “¿Para qué este desperdicio?” (Mateo 26:8). Desde una perspectiva práctica, parecía un regalo excesivo. El perfume podría haberse vendido y el dinero entregado a los pobres. Pero Jesús defendió inmediatamente a la mujer: “Buena obra ha hecho conmigo” (Mateo 26:10). Y ahí se encuentra el corazón del pasaje. Sin desmerecer otras causas legítimas y nobles, existe una realidad digna de toda nuestra devoción (con lo que eso supone): Cristo mismo.
En aquella casa había otras personas agradecidas. Simón había sido sanado de lepra. Lázaro había sido resucitado. Pero María, a quien las Escrituras ya habían mostrado anteriormente sentada a los pies de Jesús escuchando y aprendiendo (Lucas 10:39), expresa ahora toda su devoción por Cristo mediante este acto voluntario de extrema generosidad. ¿Cómo explicar lo sucedido? ¿Cómo justificar lo sucedido? La respuesta es simple: El objeto de su pasión era Cristo. Y cuando Cristo es el centro de nuestros afectos, pisamos terreno seguro. Más aún: terreno santo.
Piensa en lo siguiente por un momento: Justo en el momento en el que arranca el ministerio público de Jesús, el Padre mismo declaró acerca del Hijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). El Padre eterno se deleita eternamente en el Hijo eterno. Encuentra satisfacción perfecta en Él. Eso implica que el corazón de un creyente que aprende a deleitarse en Cristo no está desviándose hacia un exceso pecaminoso, sino participando de aquello que el propio Padre ama perfectamente desde toda la eternidad. Este es el motor de toda vida cristiana auténtica. Todo servicio verdadero nace de ahí. Toda obediencia genuina surge de ahí. Pero este amor no puede fabricarse artificialmente. Es resultado de una verdadera conversión al haber nacido de nuevo y haber recibido un corazón nuevo: un corazón que ama lo que Dios ama, busca lo que Él busca y se deleita en ver a las almas volverse a Dios en arrepentimiento y fe.
Por eso vemos una transformación tan radical en los discípulos. Aquellos hombres que antes se escondían por miedo y negaban conocer a Cristo terminaron considerando un privilegio sufrir por Su Nombre. Al punto que en el poder del Espíritu Santo llegaron a considerar un honor ser maltratados por anunciar el Evangelio de Jesucristo (Hechos 5:41).
2. Una pasión alimentada por Cristo
¿Cómo experimentar esto? ¿Cómo fomentar esto? Algunos tratan de alimentar sus afectos apelando a un tipo de ambiente particular o a una música concreta. Pero la pasión por Cristo es fruto de la obra de Cristo. No es simplemente una emoción religiosa. Es la expresión visible de una convicción profunda: la convicción de haber sido perdonados por Dios. Y como resultado de sabernos perdonados, hay gozo, esperanza, gratitud y pasión por el Evangelio. ¿Cómo no va a haber pasión en quien comprende de dónde ha sido rescatado? Efesios 2 describe nuestra antigua condición con absoluta claridad. Pablo dice que andábamos conforme a la corriente de este mundo, esclavizados por las pasiones de la carne y siendo por naturaleza hijos de ira (Efesios 2:1-3). Esa era nuestra realidad. Esa era nuestra biografía espiritual. Sin embargo –y gracias a Dios por ello– el texto no termina ahí y el apóstol escribe una de las frases más extraordinarias de toda la Biblia: “Pero Dios, que es rico en misericordia…” (Efesios 2:4). Es precisamente aquí donde aparece el gran contraste que enciende la pasión del creyente: el Evangelio de Jesucristo.
Dios nos dio vida juntamente con Cristo. Nos salvó por gracia. Nos resucitó espiritualmente. Nos hizo hechura Suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras (Efesios 2:4-10). Y entre todas esas buenas obras se encuentra la comisión de anunciar el Evangelio: “Creí, por tanto hablé” (Salmo 116:10). Pablo retoma esa misma idea cuando escribe: “Nosotros también creemos, por lo cual también hablamos” (2 Corintios 4:13). Por eso el creyente no puede permanecer indiferente. Y, como resultado, todo aquel que verdaderamente ha comprendido la magnitud de la gracia recibida desea hablar de Cristo, testificando y anunciando el Evangelio.
La verdadera anomalía no está en la pasión espiritual, sino en la indiferencia espiritual. Como ocurrió con aquellos nueve leprosos que, después de ser sanados, continuaron con sus vidas sin volver para glorificar a Dios (Lucas 17:11-19). Es cierto que solamente uno regresó agradecido, pero lo anormal es lo que sucedió con los otros nueve. Solamente uno se postró a los pies de Jesús. Una clara minoría. Pero lo que está fuera de lugar es lo que hicieron los otros nueve… La pasión de aquel leproso sanado, la pasión de aquella mujer perdonada, reflejan la pasión de corazones perdonados y agradecidos. Las velas del Evangelio son impulsadas por el viento del Espíritu Santo. Y la presencia activa del Espíritu Santo en la vida del creyente infunde en nosotros el deseo de honrar a Cristo, obedecer Sus mandamientos y hacer todo lo posible para que otros muchos se sumen. Sin esta pasión espiritual, todo en la vida cristiana terminará convirtiéndose en rutina, obligación o un ejercicio mecanizado y vacío, carente del poder y la bendición de Dios.
La pasión actúa como ese combustible que inflama, impulsa y moviliza el corazón del creyente. Por eso conviene preguntarnos: ¿Qué es lo que apasiona verdaderamente nuestro corazón? ¿Cuáles son nuestros deseos más intensos? ¿Qué ocupa nuestros pensamientos? ¿Qué alimenta nuestras conversaciones? Porque, como dijo Jesús: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34).
Conclusión
En un tiempo en el que muchas realidades compiten por hacerse un hueco en tu corazón, o directamente por dominarlo… Necesitamos empaparnos del Evangelio, meditar en él, refrescarnos y animarnos con él, para que vengamos a estar apasionados por él al encontrarnos con nuestro Señor y Salvador. Porque en el Evangelio contemplamos todas las excelencias de un Cristo que nos amó y se entregó a Sí mismo por nosotros (Gálatas 2:20). ¡Y nada ni nadie pueden competir con eso!
¿Es Cristo lo que verdaderamente te apasiona? ¿Lo que mueve tu corazón? ¿Lo que te hace levantarte cada día con expectación? ¿Lo que te permite irte a dormir expectante ante lo que vendrá?